La insoportable levedad del Globo
“La idea del eterno retorno es misteriosa y con ella Nietzsche dejó
perplejos a los demás filósofos: ¡pensar que alguna vez haya de repetirse todo
tal como lo hemos vivido ya, y que incluso esa repetición haya de repetirse
hasta el infinito! ¿Qué quiere decir ese mito demencial?” Milan Kundera - La insoportable levedad del ser.
Un poco más adelante,
el mismo Kundera plantea que por el hecho de repetirse infinitas veces, los
acontecimientos pierden peso. Que si al mismo cristo lo crucificaran mil veces,
ya la última no tendría el mismo significado que la primera, o que si se
repitiera infinitamente la Revolución Francesa, sus historiadores no estarían
tan orgullosos de los protagonistas. Palabras más, palabras menos.
Como ya se va haciendo
costumbre en esta columna semanal (que, dicho sea de paso, cada vez cuenta con más adeptos a los que se
agradece profundamente), en este caso le faltaremos un poco el respeto a
Kundera, para extrapolar sus ideas a nuestro presente.
Se me vienen a la
cabeza varios actos que parecen repetirse infinitamente:
En primer lugar, el
viaje al Palacio con mi viejo, ese momento que tenemos para compartir cada una,
dos, o a veces cuatro o cinco semanas, en donde tocamos prácticamente todos los
campos del conocimiento…
Luego, la llegada: esas
cuadras caminadas hasta Alcorta y Luna, pasando por la variable cantidad de
cacheos en función del rival, hasta hacer la fila de la puerta 7. “Apurate que ya arranca”- “¡Ésta es sólo para
socios, che!”- “Dejame pasar que estoy con el pibe!”
Una vez adentro, entre
filtraciones y paredes despintadas, le apuntamos a la derecha, ahí, en la boca,
al lado del paraavalancha, en la línea del cartel de Ruibal. Las mismas caras
de siempre. Allá más abajo y a la derecha, el tipo de rulos. Un poquito más
arriba y sentado, el que labura en la tele. Arriba mío, el de los rulos canosos
y bigote, que saludo siempre. Está también el gordo que llega un poquito más
tarde, y ya pasando a la izquierda y un poquito abajo, la chica que grita como
loca. Y ahí, en el paraavalancha, el equipo de Revolución haciéndome señas:
Juan (a veces con su viejo), que me cuenta cómo forma el equipo; Lauti y Santi,
que suelen tener alguna anécdota graciosa; Por supuesto, también el infaltable
Marcial (de tanto en tanto con su hija), el puteador más filoso que conozco, el
filósofo de la Bonavena, sin el cual los
partidos del Globo carecerían de ese no se qué.
Y Leo. Leo merece un
párrafo aparte esta semana. Simplemente porque es en quién me inspiré para escribir
esto. Leo es Kundera(aunque nunca le pregunté si lo leyó): “todos los equipos vienen igual, se meten
atrás todo el partido, no les importa nada, y si van perdiendo siguen
defendiendo, porque saben que Huracán es Huracán, y siempre al final tienen una
y nos vacunan”. Y lamentablemente, suele tener razón.
Por lo general, la
última imagen que se repite en el Palacio es la indignación de las masas,
pegándole a las puertas de arriba de los molinetes, soltando un “Siempre lo mismo, Huracán”.
Lo cierto, lo frío, es
que Huracán ganó los últimos cuatro partidos. Pidiendo disculpas a los
excelentes cronistas de esta página que analizan el fútbol por meterme en su
tema, debo decir que a mí no me alcanza. Digo esto a título personal, porque veo una excesiva dosis de azar en los
resultados, en lugar de un fundamento sólido. Porque Hace unos meses también,
se ganaron 5 partidos seguidos, para luego perder desastrosamente varios. Fundamentalmente,
sostengo este punto porque los partidos de Huracán me parecen aburridos, feos,
toscos. Y sí, obvio que me pongo contento cuando termina y ganamos: pero no me
gusta, y me niego a acostumbrarme a esta eterna repetición de mediocridad y
pelotazos, de combate y agarrones, de huevo
en lugar de juego. Ésta es la
realidad del Globo, el éter en el que naufraga hace años confinado a repetir
los errores de ayer y antes de ayer, sin un ancla que lo hunda más, ni una
ráfaga que lo saque a flote pese a su insoportable
levedad.


