Los
exiliados del fútbol
Entro a la
página y miro, próximo partido de Huracán: miércoles a la tarde, en San
Juan…sin televisación. El siguiente, lunes a la tarde. Pareciera que el fútbol
dejó de ser el cable a tierra del fin de semana. Lejos quedaron aquellas épocas
en las que se jugaba sábado y domingo, algún viernes a última hora, quizás.
Revolotean por mi cabeza recuerdos de otrora, cuando íbamos a la cancha los fines de semana, cuando era un lugar para ir con amigos y familia, cuando en las asiduas peregrinaciones hacia la mítica esquina de Alcorta y Luna eramos miles y miles. Ya no. Ahora, Huracán juega en la semana. Ahora nosotros tenemos que hacer malabares con nuestros horarios de trabajo, estudio, facultad y demás obligaciones para poder ir a la cancha. Y no es que no pueda pasar jugando en domingo, ciertamente ocurre, pero es la excepción, en lugar de la regla.
Nosotros (y en este caso incluyo no solo a los Quemeros,
sino a cualquier hincha de cualquier equipo que enarbole esta bandera) no
podemos ver al club de nuestros amores, por culpa de ellos. Nosotros somos los
que nos quedamos afuera de las canchas por los benditos pulmones, por sus eternas discusiones (que si me diste
2000 entradas ahora yo te doy 1500), porque hay que llenar grillas de programación.
Nosotros somos tratados como ganado
por sus costosos operativos de
cientos de efectivos inefectivos. Nosotros
somos cacheados infinidad de veces gracias a las recomendaciones realizadas por
sus comités de inseguridad.
Nosotros, los futboleros genuinos, los románticos quijotescos que seguimos pensando que los partidos se ganan en la cancha, los que vemos un Globito en una pared y padecemos taquicardias, los que todos los meses pagamos la cuota, la general visitante, el bono contribución y la mar en coche. Nosotros, los que queremos al Globo de verdad, nos vamos a tener que ir acostumbrando, parece, a ver por televisión los partidos (si tenemos suerte), a gastar fortunas en mensajes de texto que nos pongan al tanto, a vivir con el auricular en el oído bajo riesgo de ser descubiertos, a aprender a manejar Twitter o cualquier otra red social que nos actualice los resultados de los partidos.
Nosotros
somos los exiliados del fútbol.
Dicen los
historiadores que en la antigua Grecia, el exilio era el peor castigo al que se
podía someter a un ciudadano, más aún que la muerte. Cierto es también, que los
tribunales que disponían tal castigo estaban constituidos por los honorables
ancianos de la polis. Para el caso,
no estamos tan lejos de los griegos, con la única diferencia del calificativo
hacia nuestros dirigentes (y no se malinterprete, no hablo en particular de la
dirigencia del club, sino de la dirigencia del fútbol en general), que lejos de
ser “honorables ancianos”, parecen una caterva de aduladores de la
gerontocracia.
Ellos son los culpables, aunque la condena la
suframos nosotros. Ellos, los que no tienen sentimiento por
ningún club, aunque vivan a costa de todos, los que no ven en el fútbol un
canto a la vida sino un negocio, los que no saben llegar al corazón si no es
para dañarlo.
El lunes no
puedo ir al Palacio, pero no por eso me doy por vencido, donde esté cabecearé
los corners en contra con Ferrero y Erramuspe, cortaré el juego rival con
Barrientos y Busse, y ayudaré a Barrales a empujar la pelota en la línea. Y
todo eso con la profunda certeza que vendrán tiempos mejores, que esta especie
de materialismo dialéctico futbolero en la cual ellos juegan de tésis y nosotros
de antítesis, resultará en nuestro
triunfo final, en un fútbol sin violencia, sin pulmones, sin operativos, con
hinchas de verdad poniéndole color a las tribunas. Bah, no lo sé, pero lo creo,
al menos déjenme imaginarlo así, sino me convertiría en ellos…
Juan Rey
Juan Rey


