Nadie tiene la receta del fútbol. Al menos dentro del terreno de juego. Sí puedo imaginar la del resto fútbol argentino, que no debe variar mucho con respecto a la del mundo: pasión y dinero. Ya sé, no descubrí la Coca-Cola (qué pena, me vendría bárbaro).
La pasión la ponemos nosotros. Huracán es nuestro amor eterno. En parte por ese sentido de pertenencia que nos inculcaron desde chicos por el club y también porque nos hace recordar constantemente a nuestra adolescencia: hacemos cosas ilógicas por el Globo.
La plata es lo que mueve todo el ambiente. Son muy escasos los ejemplos de jugadores o entrenadores que deciden con el corazón. Aunque nosotros creamos, confiemos y nos demuestren cariño, generalmente van a donde les paguen más. Y está bien. El problema es que a veces hablan de más y nos golpean el ego cuando la palabra va por un lado y la firma por otro.
Huracán tiene que mejorar sus instalaciones, sus salarios, su comunicación y un montón de cosas más para generar pertenencia en el ambiente. En su ambiente. Los que surgieron del club no quieren volver. Los que se hicieron un nombre con la institución, tampoco. Y encima, nos usan (como hizo Cóccaro). Algo estamos haciendo mal. Hay que trabajarlo y no caer en el “mejor que no venga este burro”. Me aburre hablar de esto, pero pasa seguido. Muy seguido.


